Para una representación cartográfica las cecas ibéricas pueden tomarse como una suerte de geografía. Comparado con descripciones como las de Plinio y Ptolomeo el conjunto monetal no deja de ser un listado de ciudades en esencia no muy diferente de lo que recogen sus informaciones geográficas. Lo que en Plinio y Ptolomeo es una selección de ciudades relevantes por diferentes criterios, en el caso de las acuñaciones la criba viene dada por la mera capacidad para emitir moneda. Si en la Historia Natural de Plinio existe una ordenación en términos jurídicos, las cecas cuentan con su propio criterio en función de su capacidad para emitir moneda de plata o únicamente de bronce. Y si para Ptolomeo el punto de referencia es la adscripción étnica, la epigrafía y la iconografía monetal han dado pie a consideraciones relativas a la clasificación de diferentes conjuntos en función de su hipotética pertenencia a un determinado populus, si bien este aspecto sea tal vez demasiado especulativo.

Al igual que las fuentes literarias antiguas, la numismática ibérica deja su cuota de ciudades sin localización. Aun cuando por comparación con otras cecas de segura identificación determinadas características iconográficas, lingüísticas y epigráficas permiten intuir una determinada región de origen, el mapa resultante es incompleto y puede trasladar una imagen distorsionada de la ordenación territorial de los siglos III-I a.C. Tampoco puede pasar por alto una segunda deformación, la que se deriva de las limitaciones que una imagen estática como un mapa supone para la representación de una realidad dinámica. Las ciudades que acuñaron moneda no lo hicieron de manera simultánea, ni en lo que se refiere al periodo general del inicio al cese de la actividad emisora, ni en el tipo de moneda, ya fueran dracmas de imitación emporitana, denarios o unidades de bronce y sus respectivos divisores.

Hecha esta advertencia el mapa muestra los lugares donde se ha podido determinar que entre finales del siglo III y el primer cuarto del I a.C. se acuñó moneda con leyenda ibérica en el entorno de los Pirineos. El conjunto de cecas se ordenan en función de si acuñaron dracmas de imitación emporitana, denarios ibéricos y aquellas cecas que únicamente batieron moneda de bronce.

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La moneda ibérica

El Pirineo tiene cierto papel relevante en la historia de la moneda ibérica pues fue en el entorno de su límite oriental donde se produjeron las primeras acuñaciones de la Península Ibérica. A finales del siglo VI a.C. surge en la colonia griega de Emporion una ceca que será la primera de una nutrida serie de ciudades que tras un largo proceso que durará siglos se irán adhiriendo no solo al uso de monedas sino a la producción de piezas locales. De hecho fueron las dracmas de Emporion las tomadas como modelo en esa fase inicial en la que, tras las acuñaciones de Rhode y Arse en el siglo IV a.C. aparecen en el nordeste peninsular las primeras cecas ibéricas que imitan los modelos emporitanos. Su característica iconografía —divinidad femenina y Pegaso— remite a su vez a la extraordinaria labor de los grabadores de Siracusa. A ellos debemos los exóticos delfines que andando el tiempo veremos en las cecas del interior, ya en el valle del Ebro.

Localización de Emporion y Rhode

EMΠOPITΩN

taŕakonśalir

keseśalir

iltiŕtaśalir

belseśalir

orose

baŕkeno

śikaŕa

El punto de inflexión para la expansión de la moneda en Hispania se produce durante la Segunda Guerra Púnica. A partir del 218 a.C. Roma habría costeado buena parte del esfuerzo bélico en la Península con dracmas de Emporion. Al mismo tiempo las relaciones con pueblos ibéricos a los que integrar en el sistema romano habría favorecido la necesidad por parte de Roma de que las autoridades locales dieran forma de moneda a sus recursos. Para ello el modelo más próximo eran las acuñaciones de Emporion. De este modo surgen lo que se conoce como dracmas ibéricas de imitación con una curiosa variante iconográfica. En lugar de la cabeza de Pegaso se representa una figura humana alargando sus brazos hasta alcanzar los pies con las manos. Aunque se conoce cerca de un centenar de epígrafes —en muchos casos una torpe copia de la leyenda EMΠOPITΩN, y en otros muchos ejemplares textos de difícil interpretación—, solamente unas pocas cecas son identificables con ciudades referenciadas por las fuentes literarias griegas y romanas.

Dejando a un lado los casos cuya localización no plantea problemas, taŕakonśalir, iltiŕtaśalir y baŕkeno, probablemente el ejemplo más interesante sea el de iltiŕkeśalir. Esta ceca parece ser el nexo de unión más claro entre dos períodos bien diferenciados en esta primera historia de la moneda ibérica, el que comprende la emisión de dracmas y el de la acuñación de denarios. Las dracmas de iltiŕkeśalir —que ya ostentan el característico jinete lancero que será frecuente en la numismática ibérica del valle del Ebro— tienen la particularidad de contar con el mismo artista que los denarios de iltiŕtaśalirban. Cabe por ello deducir una continuidad directa entre ambas cecas así como su vinculación con los Ilergetes, pueblo al que Escipión exigió «un dinero con el que poder hacer efectiva la paga de las tropas» (Liv. XXVIII 34, 11-12). Si bien no conocemos su centro de producción, la dispersión de unidades, mitades y cuartos de bronce de iltiŕkes/iltiŕkesken tiene una área bien definida entre el río Segre y la costa mediterránea con un núcleo en torno a los territorios de Ilergetes, Lacetanos y Ausetanos y una proyección hacia la costa y al norte de los Pirineos como puede verse en el siguiente mapa.

Dispersión de ejemplares de iltiŕkes/iltiŕkesken

En línea con el ejemplo que supone iltiŕkeśalir, una vez resuelta favorablemente para Roma su segunda guerra contra Cartago se observa una retirada de las dracmas ibéricas de imitación —probablemente el argentum oscense que engrosó los botines llevados a Roma— para dar lugar a una nueva fase dominada por abundantes acuñaciones en bronce y, en el caso de un selecto grupo de cecas, también en plata, los denarios ibéricos.

Partiendo del modelo que supone el denario romano creado hacia el 211. a.C. 22 cecas ibéricas emitirán plata de forma escalonada desde la primera mitad del siglo II a.C. hasta el primer cuarto del siglo I a.C. La difusión describe una evolución que partiendo del este se extiende hacia el interior del valle del Ebro. De este modo a las primeras cecas que emitieron denarios ibéricos, iltiŕta, kese y auśesken, se sumarían sesars (o suisars) y bolśkan, para progresivamente continuar una extensión por el valle del Ebro a partir de mediados del siglo II a. C.

Con sutiles diferencias iconográficas, y especialmente de estilo, todos estos talleres adoptaron diseños muy similares en sus acuñaciones. Salvo excepciones todos cuentan con dos motivos iconográficos fundamentales formados por el par cabeza masculina y jinete, hacen uso del signario ibérico y se atienen a un mismo estándar metrológico.

Siglo II a.C.Siglo I a.C.
CecaPrincipiosMediados2ª mitad1º tercioTotal
kelse11
auśesken44
arsakos55
sekeiza112,813,8
bentian1818
kese31,6132,6
sekia33,533,5
belikio33,615,849,4
iltiŕta67,3168,3
arsaos9090
sesars145145
turiazu41,4116,9158,3
baśkunes222,2222,2
arekorata2265,4267,4
bolśkan3420,1127,6550,7
Estimación de la producción (cuños) de diferentes cecas según Villaronga (Gozalbes 2009, 87)
Hierón II de Siracusa

Las piezas de Hierón II de Siracusa, que asocian el jinete con lanza a la cabeza laureada o diademada de Hierón divinizado siguiendo la tradición de Alejandro Magno, serían el modelo iconográfico de las acuñaciones ibéricas. Almagro-Gorbea (1995).

Junto a los denarios se produjo la acuñación de moneda de bronce implicando no solo a las cecas que batieron plata sino a una cantidad muy superior de ciudades. Aunque muy discutido, la función de este sistema bimetálico habría tenido como objeto el pago de impuestos y el mantenimiento del ejército. La acuñación de plata vendría motivada por una lógica fiscal mientras que la emisión de moneda de bronce se atendría a otro tipo de funciones más vinculadas con las obligaciones militares así como la necesidad de integrar la economía local en el sistema monetario.

Fuera cual fuese su función, la acuñación de moneda ibérica —tanto de plata como de bronce— termina su historia a finales del primer cuarto del siglo I a.C. con la guerra Sertoriana. En no pocos casos el fin de las cecas coincide con la propia destrucción del núcleo de población del que surgieron. Aunque existen ejemplos de ciudades que pervivieron trasladando su población —topónimo incluido— a otra ubicación, la lista de ciudades que desaparecieron para siempre es cuantiosa. Este es uno de los aspectos que dificulta la localización de gran cantidad de cecas, especialmente al norte del Ebro.

Cecas del valle medio del Ebro